| Un consultor
independiente entrevistado por CIES, el cual prefirió
mantener el anonimato, opina que el otorgamiento de beneficios
o privilegios tributarios a favor del sector agrario no garantiza
su desarrollo. La poca rentabilidad y baja competitividad
que afecta a dicho sector es un problema que se origina, principalmente,
en la falta de capacidad empresarial en el campo. Esto se
refleja, por ejemplo, en la falta de capital del agricultor,
baja capacidad de negociación, limitado acceso a tecnología
adecuada, restricciones para el acceso al crédito formal,
entre otros. Basándose en los estudios comprendidos
en el libro Desafíos
del Desarrollo Rural en el Perú, publicado
por CIES, el consultor indicó que no existe evidencia
empírica que sustente que rebajar el IGV lograría
incrementar la recaudación o solucionaría los
problemas de agro.
El
reto para lograr el desarrollo del agro consiste más
bien en generar las condiciones adecuadas en el campo para
que –a través de la inversión privada-
se recupere la capacidad empresarial que transforme a este
sector en uno competitivo. Se debe aprovechar las ventajas
enormes que ofrecen las condiciones naturales privilegiadas
del país y la abundancia de mano de obra. Todo ello
en el marco de un contexto de estabilidad macroeconómica,
liderazgo del sector privado, rol subsidiario del Estado e
inserción competitiva en los mercados internacionales.
El problema radica en la alta informalidad
del sector, que se origina fundamentalmente por la exoneración
del pago de IGV que beneficia a los productores con ventas
inferiores a las 50 UIT. Una reducción del IGV tendrá
un efecto adverso inmediato sobre la Caja Fiscal, dado que
los informales no tendrán ningún incentivo para
pagar impuestos, mientras que los formales estarán
afectos a una tasa sustantivamente menor. Evidencia de ello
fue lo ocurrido cuando se disminuyó el IGV de arroz
según la etapa en la cadena de producción/comercialización.
Un sistema de IGV diferenciado con una tasa
de 3% para el producto final agropecuario y del 18% para el
resto de bienes de la economía (incluidos los insumos
utilizados en el proceso de producción agrícola)
significaría un régimen confiscatorio del crédito
fiscal para el agricultor, lo que en lugar de beneficiarlo
lo perjudicaría.
Lo que parece implícito en la medida
propuesta es que el Estado debería pagar a los agricultores
–con dinero de la Caja fiscal- el diferencial entre
el 3% del producto final y el 18% que se pagó en los
insumos. Ello sería gravísimo, no sólo
porque la Caja Fiscal no cuenta con recursos adicionales para
ese tipo de subsidio ciego, sino porque hasta se podría
pensar en que se abriría una puerta para fomentar la
elusión tributaria. Bastaría comprar media hectárea,
constituir una empresa agraria, y cargarle, en la medida de
lo posible, compras de insumos realizadas para actividades
no agrícolas.
Como se puede apreciar, el tema del impuesto
como factor de competitividad es altamente discutible. Las
medidas que se tomen para el desarrollo agrario no deben pasar
por la modificación artificial de los precios a través
de la manipulación de los impuestos para los insumos
o producto final. Se debe fomentar la inversión privada
en el campo, a través de la provisión de bienes
y servicios públicos necesarios para el sector (sanidad
agropecuaria, seguridad jurídica en el manejo de recursos
tierra y agua, infraestructura, etc).
Finalmente, el actual sistema tributario agrario
ha creado una mayor burocracia en el sistema de administración.
Ha traído consigo modificaciones constantes del marco
impositivo, hecho que no contribuye a crear conciencia tributaria.
Ha generado la superposición de exoneraciones e incentivos
que complican el régimen tributario. Ha elevado costos
de fiscalización y cumplimiento y ha provocado evasión
en distintas etapas de la cadena de producción. En
contraposición, no ha tenido ningún efecto positivo
sobre la rentabilidad del sector ni sobre su competitividad.
Opina Fernando Eguren (CEPES)
La protesta agraria protagonizada por las juntas de usuarios
de distritos de riego fue desencadenada por el régimen
del IGV y el sistema de detracción o pago adelantado
que rige para el arroz y el azúcar (desde hace un año)
y para el maíz amarillo duro, la caña de azúcar
y el algodón rama (desde el 01/05/03). Tal como lo
solicitaron la Junta Nacional de Usuarios de Distritos de
Riego y las organizaciones agrupadas en el Comité Unitario
de Gremios Agrarios (CUNGA), la aplicación de este
régimen para el arroz y el maíz amarillo fue
suspendida hasta el próximo 31 de agosto. Sin embargo
y pese a los esfuerzos del Ministro Quijandría, esta
suspensión no logró que la organización
de los regantes se sumara a la tregua de 60 días decretada
por el CUNGA.
La
protesta de los agricultores se sintió con mayor fuerza
en los principales valles productores de los cultivos afectos
al llamado Sistema de Pago de Obligaciones Tributarias con
el Gobierno Central (SPOT). Más allá de las
motivaciones políticas que puedan haber tenido algunos
dirigentes de las juntas de usuarios, no deja de ser cierto
que para arroceros, maiceros y cañicultores la suspensión
del sistema de detracción es una solución temporal
y parcial. Nada garantiza que al cabo de los 90 días
de vigencia de la suspensión se regrese a la anterior
situación. Hasta el momento, el Ministerio de Economía
sólo ha dado señales de intransigencia frente
a un tema que está en agenda desde hace varios años.
Tampoco es la primera vez que se firman actas o que se toman
medidas temporales o parciales para apagar incendios, sin
que el problema de fondo termine por resolverse.
El planteamiento de los gremios agrarios de
fijar una tasa de IGV reducida a 3%, aplicable gradualmente
empezando por los productos afectos al SPOT, o de 6% en la
propuesta del MINAG, se viene estudiando desde el 2001, por
lo menos. En ese momento, el Gobierno de Transición,
ante la protesta del campo, se vio obligado a dar marcha atrás
en el primer intento de eliminar de la lista de bienes exonerados
de IGV a prácticamente todos los productos agrarios.
Situaciones similares se presentaron a inicios del 2002 por
la huelga de los algodoneros iqueños, y a mediados
del mismo año por la de los arroceros de Lambayeque
y San Martín.
Los gremios agrarios han hecho ver con propuestas
técnicas que la tasa de 18% del IGV es inaplicable
a la realidad económica y social de los productores.
El impuesto es descontado del precio que reciben por sus cosechas,
reduciendo más la escasa renta que obtienen de su actividad
productiva. Esta situación se agrava en la medida que
los productores no tienen a quién trasladarle el impuesto,
ni posibilidades de acceder al crédito fiscal o al
sistema de devolución de los tributos pagados en la
compra de sus insumos. Por esta situación, un IGV de
18% sólo conduce a aumentar la informalidad de los
productores agrarios.
Es cierto que la inmensa mayoría de
los productores de arroz cáscara, maíz, caña
de azúcar o algodón, con ventas anuales que
no superan las 50 UIT (S/155 mil), están exonerados
del IGV. Sin embargo, el sistema de detracción los
excluye en la práctica de este beneficio. Dicho régimen
obliga que se pague entre 10% y 12 % del valor de venta antes
de trasladarse la cosecha, cualquiera que sea la modalidad
de pago pactada. La Resolución No. 82-2003 de la SUNAT,
dictada el 23 de mayo, ha suspendido “excepcionalmente”
la aplicación de la detracción a la venta de
arroz y maíz amarillo duro. No obstante, se restituirá,
a partir del 1 de setiembre, la obligación del pago
adelantado de impuestos.
Según ha explicado el titular de agricultura,
la negativa del MEF a atender el reclamo agrario proviene
del temor a que la modificación del régimen
tributario vigente genere presiones de otros sectores para
que se les dé igual trato. Pero el MEF debería
recordar que el régimen tributario está siendo
socavado por las exoneraciones vigentes desde la década
pasada, las que atentan contra de la equidad y eficiencia
de la recaudación.
Se ha informado también que el MEF
estaría dispuesto a seguir estudiando la posibilidad
de reducir la tasa de IGV al arroz y la caña de azúcar,
pero que descarta hacerlo para el maíz amarillo duro,
pues implicaría reducirlo también para el maíz
importado. Se argumenta que esta medida impactaría
negativamente en la recaudación fiscal, lo cual es
cierto dado el importante volumen de estas importaciones (equivalente
a cerca de US$ 90 millones en el 2002). Sin embargo, la Convención
Nacional del Agro Peruano (CONVEAGRO) ha mostrado que esa
menor recaudación por IGV puede recuperarse con creces
por la recaudación en Aduanas si se eleva el arancel
al maíz importado, a manera de contrarrestar el gran
subsidio que recibe la producción maicera estadounidense.
El MEF y la SUNAT deben evaluar los costos-beneficios
de sus medidas, no sólo en términos de cuánto
representan en más o menores ingresos para el fisco,
sino también en cuánto afectan a la estabilidad
política y económica del país. En todo
caso, los gremios agrarios han hecho ver que una tasa de impuesto
reducida no sólo hace justicia a su sector, sino que
contribuirá a aumentar la base tributaria y la recaudación
fiscal en el agro del bajo nivel en que ahora se encuentra.

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