| El salario real
de los maestros ha disminuido considerablemente durante los
últimos cincuenta años. La remuneración
que percibe actualmente un docente al inicio de su carrera
es solo el 30% de lo que habría percibido en 1945.
Sin embargo, la oferta laboral de los maestros ha crecido
a un ritmo promedio anual de 5.2% entre 1950 y 1987. Esta
tasa fue bastante superior al crecimiento promedio de la PEA
ocupada e inclusive al de la matrícula escolar, reduciendo
la razón profesor/alumno. Sin embargo, existe evidencia
dispersa que el incremento en el número de maestros
no se ha dado manteniendo la calidad del maestro promedio.
Las
razones detrás de este crecimiento radican en algunas
características propias de la profesión como
la flexibilidad de horarios y periodos vacacionales mayores
que en otras ocupaciones. Según la ENAHO 1997, de 1.3
millones de profesionales peruanos, 24% son maestros. Además,
los docentes son más propensos a tener un segundo empleo
que otros profesionales. Es necesario considerar también
que la docencia pública, que comprende al 75% de los
profesores, es de las pocas ocupaciones en el país
que gozan de estabilidad laboral absoluta.
La estructura de ingreso de los docentes es
distinta a la del resto del mercado laboral. No reciben los
mismos retornos a la educación y los retornos a la
experiencia son muy bajos. En general, la estructura salarial
de los docentes en el Perú es poco variable, más
predecible y más plana que la del resto del mercado.
Si se considera el número de horas
trabajadas y el número de días libres al año,
los maestros obtienen un salario similar al de otros profesionales
con las mismas características demográficas,
sociales, educativas y en puestos de trabajo parecidos. Sin
embargo, ganan más que otros trabajadores informales
o independientes con las mismas características personales.
Además, las maestras no son discriminadas y, por el
contrario, ganan más por hora que lo que ganan otras
mujeres en profesiones semejantes.
Opciones de política para el
caso peruano
Se propone una política de incrementos diferenciados
de salarios como manera de incentivar el mejoramiento profesional
de los docentes. Se deben atar incentivos monetarios y no
monetarios a algún tipo de evaluación. El típico
incentivo monetario es el aumento salarial. El problema es
que los incentivos de este tipo constituyen una parte permanente
del salario, siendo muy difícil reducirlo si es el
desempeño empeora. Para resolver este problema, se
propone utilizar bonos anuales que premien el desempeño
del año anterior.
Sería recomendable una estructura salarial
que ate una mayor parte del salario a indicadores objetivos
(capacitación, experiencia) y una menor parte a evaluaciones
del desempeño. Esto tiene la ventaja de asegurar que
el incentivo se dé a muchos y que sea percibido como
algo alcanzable. Debe asegurarse, sin embargo, que el incentivo
no lo reciban todos, si no dejará de tener efecto.
Asimismo, es posible ofrecer un menú
de opciones en el que el docente pueda escoger entre bonos
en efectivo, vouchers para atender cursos de capacitación
o material de clase. Los incentivos ligados al desempeño
no tienen que ser necesariamente grandes para generar las
señales correctas. Un incentivo pequeño de 10%
ó 15% del salario puede ser financieramente viable.
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