El mensaje del
Presidente Toledo del 28 de julio abrió una serie de
expectativas de mejora económica. Sin embargo, debemos
esperar algunos meses para conocer la agenda de cambios y
ajustes en la política económica y, entonces,
evaluar si estamos frente a un punto de quiebre o no.
El
problema de fondo del gobierno para poder hacer un quiebre
radica en resolver dos conflictos fundamentales. El primero,
es el existente entre las demandas de los peruanos y los requerimientos
de los organismos internacionales y del sistema financiero
internacional. Es decir, mientras la población pide
más empleo, más servicios públicos y
más ingresos, lo que significa una política
del gasto mucho más expansiva y una política
monetaria con un techo más alto de inflación
(digamos entre 3 y 5% al año), los intereses de los
organismos internacionales apuntan a un gasto restringido
a la capacidad de recaudación y a una inflación
menor al 3%. El segundo, es el conflicto entre desempleados-subempleados
(es decir entre pobres) que aspiran a un trabajo o a uno mejor
remunerado (que podría ser posible si aumentara la
inversión pública en construcciones públicas,
para lo cual se requiere de mayores ingresos tributarios)
y el sector empresarial reacio a pagar más impuestos
o a revisar políticamente sus contratos de estabilidad
tributaria.
Para que haya un “punto de quiebre”,
el gobierno deberá resolver estos conflictos, o más
bien, diseñar un conjunto de medidas de política
económica que tengan como objetivo resolver estos conflictos.
En realidad, estos conflictos son de carácter distributivo,
entre los intereses de la mayoría de peruanos y los
intereses de los inversionistas extranjeros (financieros y
no financieros); y entre las empresas y los trabajadores.
En consecuencia, el punto de quiebre significa un enfoque
distributivo distinto de parte del gobierno y, sobre todo,
una definición de qué lado está el gobierno.
¿Son irreconciliables estos conflictos?
Por supuesto que no, aunque su solución requiere de
una voluntad y firmeza política para responder a las
expectativas, sobre todo, de los sectores desfavorecidos.
El conflicto entre Perú y Washington-New
York tiene caminos de solución. Uno fue el anunciado
por la propia Ministra Merino en su mensaje inicial, cuando
señaló la necesidad de reperfilar el calendario
de pagos de la deuda, con lo cual el Estado tendría
más recursos para la inversión pública.
El segundo, es lograr más autonomía frente al
FMI-BM-BID para manejar un déficit fiscal un poco mayor,
digamos un déficit primario de 2.5%, y una política
monetaria con una meta inflacionaria con una franja entre
3 y 5% de inflación al año. El tercero es un
rediseño del proceso de privatizaciones y concesiones,
con un fuerte componente descentralista, es decir, que los
gobiernos regionales y locales se preparen para atraer inversiones
nacionales y extranjeras en base a alianzas estratégicas
con distintas modalidades.
La reforma tributaria y la priorización
del gasto públicos hacia salud, educación, programas
anti-pobreza son los medios para resolver el conflicto entre
empresarios y desocupados-subempleados. Probablemente, la
reforma tributaria es la más importante, pero no se
podrá avanzar si las tasas del IGV y el ISC son tan
altas y si 2/3 de los impuestos son indirectos, es decir,
mientras la tributación sea tan regresiva. Es necesario
avanzar en la reducción progresiva de las tasas de
impuestos indirectos y en el incremento de los impuestos directos,
aquí cabe la creación de una mesa de concertación
con las grandes empresas que gozan de contratos tributarios
para que, de una manera política, se llegue a acuerdos
para reestructurar dichos contratos, bajo el argumento que
si en el país sigue el conflicto social latente y en
las calles, los negocios en el futuro no van a ser buenos.
Obviamente se requiere de una negociación política
por lo alto, con la Presidenta del Consejo de Ministros y
el Ministro de Economía encabezando la “mesa
de concertación con la riqueza”.
En consecuencia, el punto de quiebre es reordenar
los énfasis en la política económica
interna y externa a favor de la inclusión de más
del 50% de la población, a través, de un proceso
de crecimiento con redistribución. Esperemos que las
medidas que se tomen en los próximos meses vayan en
esta dirección.

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