Cuando se habla
de liberalización comercial surgen temores inmediatos
en la gente que supone que las políticas de apertura
unilateral sólo traerán pérdidas de empleo,
producto e ingresos. Ciertamente estos procesos tienen esas
consecuencias en el corto plazo, muchas veces duraderas, para
algunos sectores productivos que gozaban de ventajas artificiales,
pero también traen mejoras de eficiencia y de bienestar
para los consumidores en el mediano y largo plazo. En tiempos
de imperiosa necesidad de que la economía sea más
competitiva, existen dificultades en lograr que ciertos segmentos
políticos, empresariales y laborales estén dispuestos
a aceptar una mayor apertura de la economía.
La
evidencia empírica que sustenta las bondades de la
apertura sobre el crecimiento es amplias. De manera unilateral,
ejemplos con resultados extraordinarios han sido los de Chile,
Australia o Nueva Zelandia. Sin embargo, cualquier esfuerzo
en este sentido debe ir acompañado de otras políticas
que contribuyan a la mejora de competitividad (infraestructura,
educación, justicia, institucionalidad, derechos de
propiedad, entre otros), sin los cuales la apertura per se
no podrá realizar todos sus beneficios potenciales.
No obstante, otra vía es la de lograr
abrir la economía a través de Acuerdos de Libre
Comercio en los que la apertura esta vez conlleva “subproductos”
adicionales que la apertura unilateral no tiene y que la hace
más aceptable: acceso al mercado del otro país,
la consolidación de la apertura mutua a través
de un acuerdo internacional que no es sino una especie de
contrato de estabilidad de reglas, y la inclusión de
formas de amortiguación de la apertura en relación
con desajustes sectoriales posibles o efectivos.
Este es el contexto de un acuerdo comercial
con los Estados Unidos, cuyo esfuerzo debe contemplar ciertas
condiciones para que efectivamente el Perú pueda extraer
los mayores beneficios del comercio, no sólo a nivel
bilateral sino también mundial:
- Ser parte de acuerdos de libre
comercio con los principales socios comerciales:
de lo contrario firmar un acuerdo sólo con Estados
Unidos creará desvíos de comercio (desplazamiento
de terceros países tan o más eficientes).
De ahí que, enseguida deben tener lugar acuerdos
con otros socios comerciales relevantes y eficientes tales
como la Unión Europea y principales países
asiáticos. Chile es un ejemplo de una praxis de liberalización
aditiva de este tipo.
- Incluir una cobertura muy amplia
de temas: principalmente apertura y disciplinas
comerciales en temas de bienes, servicios, inversión,
compras estatales, así como disciplinas de temas
conexos como obstáculos técnicos, estándares
sanitarios, entre otros. La extracción de beneficios
no llegará a cubrir el potencial posible si grandes
porciones de mercados no quedan sujetas a la competencia
internacional y por ende a mejoras de eficiencia y bienestar.
- Incluir mecanismos de amortiguación
de la apertura: esto incluye, por ejemplo, salvaguardias,
plazos diferenciados de desgravación y desgravaciones
no lineales. Esto es particularmente importante sobre todo
si domésticamente no existen redes de seguridad respecto
a la gente que quede desplazada en el corto plazo y, como
en el caso de agricultura, se plantea Estados Unidos no
va a comprometer la eliminación o reducción
de sus Ayudas Internas. En este caso, los mecanismos de
amortiguación señalados pueden ser aplicados
mientras en ámbitos como la Organización Mundial
del Comercio se negocia la eliminación de subsidios.
- Prever los costos fiscales:
aun cuando es difícil decir en este momento cuanto
“costará” fiscalmente la liberalización
bilateral con los Estados Unidos el sector público
nacional (Ministerios de Comercio Exterior y Turismo y Ministerio
de Economía y Finanzas) deben internalizar que habrá
que presupuestar tanto los costos iniciales y aquellos distribuidos
en el tiempo en general de la implementación de los
Acuerdos de Apertura Comercial. Este tema tendrá
que considerarse en las previsiones anuales de los presupuestos
de la República.
- Continuar con esfuerzos unilaterales.
Independiente de lo que se vaya negociando a través
de acuerdos comerciales, es conveniente continuar reduciendo
unilateralmente los aranceles, tratando de reducir el promedio
y la dispersión arancelarias. Esto debe hacerse en
la medida de las posibilidades fiscales y tomando en cuenta
las sensibilidades sectoriales. El escalonamiento arancelario
del 2001 dispersó tanto los niveles de protección
nominal cuanto de las tasas de generación de valor
agregado sectoriales (protecciones efectivas) de un modo
arbitrario, contribuyendo a asignar menos eficientemente
los recursos productivos. Así, de una estructura
arancelaria que concentraba el 84% del valor importado y
las líneas arancelarias en la tasa de 12% (otorgando
una protección bastante homogénea y más
ligada a condiciones de mercado), al añadirse un
nivel de 4% sólo para ciertos insumos, se terminó
premiando la producción de algunos sectores productivos
y castigando a otros. De ahí que, los esfuerzos de
liberalización unilateral y el de negociación
de acuerdos con los principales socios comerciales orientados
a reducir en el tiempo los aranceles (no subirlos) converjan
en mejorar la competitividad de la economía y minimizar
los desvíos de comercio.
Las
negociaciones con los Estados Unidos tendrán algunos
aspectos complicados, principalmente en propiedad intelectual,
algunos temas específicos de liberalización
de bienes (i.e. agrícolas) y los temas de estándares
ambientales y laborales. Sin embargo, las dificultades reales,
no ficticias, deberán ser racionalmente balanceadas
frente a los beneficios globales del acuerdo. Recordémoslos:
mejoras de eficiencia y bienestar internos debido a la apertura,
acceso a mercado en la contraparte (en el caso de Estados
Unidos no sólo la consolidación del ATPDEA sino
accesos en otras áreas no explotadas aun como servicios,
inversión o compras estatales) y la estabilidad de
reglas que este tipo de acuerdos ayuda a obtener. En otras
palabras, la aceptación final de un acuerdo de este
tipo debe basarse en el interés público y no
en mitos publicitados por grupos de interés ni en análisis
poco profundos. Es decir, en un balance justo de lo que a
la economía y a la sociedad (no a algunos) peruanas
les conviene. No hay tiempo que perder para iniciar estas
tareas.

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