Una
de las principales dificultades para la formulación
de una política agraria nacional es la diversidad de
actores e intereses en juego. La mayor parte de políticas
que pretenden ser generales están pensadas para un
país con unidades productivas homogéneas o consideran,
a lo más, las diferencias en términos geográficos
adscritos a circunstancias de integración de mercado
(una costa con vocación comercial versus una sierra
con agricultura de subsistencia y una selva orientada a actividades
ilícitas o extractivas). Exagero, pero no tanto. Una
política agraria nacional debería tomar en cuenta
los diversos tipos de producción agropecuaria –
y aquellas actividades no agropecuarias relacionadas- así
como las diversas “vocaciones” mercantiles y no
mercantiles de las mismas. Es decir, el problema por resolver
va más allá de un tema de políticas tributarias
para el sector.
¿Cuál es el objetivo final de
la política agraria? ¿Incrementar la productividad?
¿Mejorar el acceso al mercado para los productores
agrarios? o ¿Contribuir a mejorar las condiciones de
vida y el bienestar de las familias? Partiendo de la premisa
que existen diferentes tipos de agricultura con distintos
fines, podríamos pensar que existe una producción
no destinada al mercado a la que quizás sería
importante apoyar, no porque mejore nuestro PBI, sino porque
podría contribuir a mejorar el desarrollo de la población.
Adicionalmente, vale la pena señalar que la producción
no mercantil no significa población indigente y sujeto
de programas sociales. Uno de los efectos más perniciosos
de la política asistencialista de los noventa ha sido
la erosión, no solo de las instituciones tradicionales,
sino, de la autodeterminación y de la disposición
de la población campesina a resolver sus problemas
por su propio esfuerzo. Esperar la atención del Estado
ha supuesto cierta inamovilidad que habría sido impensable
e inaudita treinta años antes y, de paso, ha socavado
la legitimidad de las organizaciones de representación
y defensa locales.
Las organizaciones agrarias se han multiplicado
en las últimas décadas. Existen cerca de seis
mil comunidades campesinas y poco más de mil doscientas
comunidades nativas. Adicionalmente, en el último censo
agrario más de medio millón de productores señalaron
pertenecer a algún tipo de organización (asociaciones
de productores, juntas de regantes, rondas campesinas, comités
de diverso tipo, etc.). Hace más de quince años
que no existe claridad sobre qué hacer con todas ellas
y el rol que les compete en el desarrollo y la gestión
de la problemática agraria en el país. La reciente
ley de organizaciones agrarias y su reglamento (de agosto
del 2003 y enero del 2004), crea por un lado un nuevo estatuto
organizacional –con funciones fundamentalmente económicas-
al que teóricamente podrían aspirar varias de
las asociaciones agrarias actualmente existentes. Por otro
lado, dicha ley multiplica la flora y fauna jurídica
sobre las organizaciones agrarias, ya de por sí abundante
y contradictoria. Es probable que la ley sea aprovechada por
algunas organizaciones y gremios, así como por algunos
especuladores y comerciantes. Pero no lo será, probablemente,
por la mayoría de organizaciones campesinas y nativas
que aún necesitan del soporte estatal para resolver
varios problemas generados por las aceleradas transformaciones
de los últimos años (no sólo por los
procesos económicos sino también por la migración,
la violencia política y el desplazamiento, además
de los conflictos heredados de la Reforma Agraria). Hay que
recordar que las principales movilizadoras en los últimos
paros agrarios –además de las federaciones nacionales-
han sido las organizaciones vinculadas al riego que, por lo
demás, siguen esperando una ley de aguas.

|