Un
crecimiento modernizador de la agricultura podría generar
un crecimiento de empleo a tasas mayores que la economía
en su conjunto[1].
Particularmente, ese sería el caso si la agricultura
costeña se articulara con la industria o se insertara
en el mercado externo. Para cumplir con este objetivo se deben
eliminar una serie de restricciones al crecimiento y a la
rentabilidad del agro. Algunas limitaciones dependen de la
acción directa del Estado, por ejemplo, falta de marco
normativo completo, inseguridad de la propiedad de la tierra,
falta de derechos de propiedad establecidos sobre el agua,
grandes extensiones de tierra en propiedad del Estado, etc.
Otras dependen de la ausencia de mercados de factores y servicios
especializados para el sector agrícola. El presente
artículo se enfoca en este segundo tipo de restricciones.
Uno de los principales impedimentos para el
desarrollo del agro costeño es su bajo nivel de capital
humano. A finales del siglo veinte casi la mitad de la PEA
rural peruana no había completado la primaria, mientras
que apenas poco más de uno de cada cien de sus miembros
han asistido a una universidad. Asimismo, a pesar de esta
escasez de capital humano, el retorno a la educación
en el ámbito rural es muy inferior al del ámbito
urbano. Esto se refleja en la diferencia del nivel de ingresos
entre ambos ámbitos. Adicionalmente, los ingresos en
la agricultura son inferiores a los de cualquier otra actividad
económica rural.
Una política de recursos humanos para
la agricultura debe fortalecer la capacidad de las explotaciones
agrícolas para competir en el mercado, pues ignorar
el mercado es una receta para el desastre en cualquier política
económica. Es posible elevar el capital humano y la
competitividad de los agricultores mejorando su capacidad
de gestión del negocio agrícola (selección
de cultivos, costos, financiamiento, comercialización,
etc.). Esto se puede lograr a través de lo que genéricamente
se denomina servicios de extensión (capacitación,
asistencia técnica y apoyo a la gestión del
negocio)[2].
Una agricultura más competitiva puede insertarse en
el mercado, aprovechar las ventajas comparativas de los cultivos
intensivos en mano de obra y generar puestos de trabajo.
Por otro lado, es importante diferenciar entre políticas
de fomento productivo y políticas sociales o de combate
a la pobreza. Enfocar políticas de fomento a la producción
en los sectores más pobres es un error, puesto que
la pobreza está relacionada con una serie de indicadores
deficitarios de educación (determinante crítico
de la propensión a innovar), adopción tecnológica
y capacidad financiera para asumir las nuevas técnicas.
El resultado es que políticas bien concebidas para
un fin (mejorar la capacidad competitiva de las explotaciones
agrícolas) aplicadas a un fin diferente (ayudar a los
más pobres) tienen pocas probabilidades de éxito.
Basados en la revisión de la evidencia
sobre las características del capital humano del sector
y de los mercados que lo atienden, la revisión de la
literatura internacional y una serie de entrevistas y encuestas
a especialistas, se pueden sugerir algunas recomendaciones
para políticas orientadas a reforzar el capital humano
en las explotaciones agrícolas costeñas:
Podrá descargar éste y los demás
trabajos correspondientes al libro “Políticas
de empleo en Perú” siguiendo este hipervínculo.
[1] M.
Jaramillo (1999), El potencial de generación de empleo
de la agricultura peruana. Lima: Organización Internacional
del Trabajo.
[2] W. Rivera,
“Agricultural extension in transition worldwide: structural,
financial, and managerial strategies for improving agricultural
extension”, Public Administration and Development, vol.
16:2, pp. 151-61.

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