Las
últimas informaciones ofrecidas por el Ministerio de
Economía y Finanzas demuestran que la Deuda Externa
sigue creciendo sin que estos montos se destinen a proyectos
y programas de inversión que generen su propia capacidad
de pago. La tendencia en los últimos 30 años
está marcada por una disminución de la capacidad
de pago del Estado, que se puede definir como el saldo que
queda cada año de restar los ingresos de los egresos
fiscales, antes de pagar la deuda pública.
No se trata pues de “reperfilar”
la deuda que no es otra cosa que postergar sus pagos para
que nos cueste menos hoy prepagando con nuevas emisiones de
bonos que engrosan el servicio de deuda futuro sin que se
financie proyecto de inversión rentable alguno, ni
de estar rogando por reducciones que conllevan hipotecar la
credibilidad del país.
Estas figuras estrictamente financieras son
el resultado de creer que la economía no es otra cosa
que tratar de cerrar el déficit fiscal planteando soluciones
de tesorería de corto plazo.
También son el resultado de no contar con la institucionalidad
necesaria para definir programas de desarrollo de largo plazo
con respectivos planes de financiamiento que incluyan una
reprogramación de deuda asociada a dichos programas.
Hay que escapar de la visión del “deudólogo”.
Una perspectiva constructiva es la de entender desde la niñez
que las deudas se pagan y que para endeudarse hay que ver
primero si esas deudas se podrán pagar. Si nuestra
economía es pobre solamente nos debemos endeudar cuando
con el dinero del préstamo se invierte en algo que
genere riqueza superior a la deuda. Sólo así
la capacidad de pago será la adecuada, sólo
así se construirá la economía y seremos
dignos de mayor confianza. Las normas para el endeudamiento
futuro deberían sujetarse a ese criterio.
La deuda antigua también tiene soluciones
constructivas. Reconociendo toda la deuda, lo correcto es
plantear a los acreedores fórmulas de pago y reciclaje
de los fondos a través de inversiones en el Perú.
Es decir que se paga lo que se debe, pero se negocia la posibilidad
de que los montos a pagar, sean invertidos en el Perú
en proyectos privados rentables, dentro de un marco jurídico
serio y, mejor aún, como parte de un buen programa
de desarrollo nacional. Este tipo de diseño ya se probó
y funcionó en Chile con éxito.
Finalmente se probó en el Perú
un sistema de pago con productos que funcionó sin problemas
hasta 1988, año en que por razones incomprensibles
el Estado dejó de pagar las mercaderías exportadas
a los productores peruanos. Este sistema apareció por
primera vez en 1983 cuando ante la falta de divisas para pagar
la deuda a la ex Unión Soviética, el Ministerio
de Economía plantea pagar con productos peruanos utilizando
la capacidad ociosa de nuestras empresas. El éxito
de este modelo fue tal que otros acreedores del Perú,
tanto del bloque oriental como de occidente entraron en el
sistema de pago de la deuda con productos (Chase Manhattan
Bank de Nueva York, Midland Bank de Inglaterra, First Interstate
Bank de San Francisco, Ferrostaal de la República Federal
de Alemania, etc.).
De esta manera se cumple con el acreedor y
de paso se dinamiza la economía nacional generando
empleo, producto, penetrando mercados en el exterior y hasta
se contribuye con la caja fiscal, generando sinergias porque
con lo mismo que se paga la deuda, se desarrolla la economía.
No hay razones para que este tipo de mecanismos no se pueda
reactivar ahora. Solamente se necesita tener visión
de desarrollo y no solamente de cajero.

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