La
negociación del TLC con EEUU abre al país una
serie de oportunidades, a la vez que retos y desafíos.
Sin embargo, desde el punto de vista de la teoría neoclásica
del comercio internacional, un TLC es un acuerdo comercial
muy malo, un tercer mejor. Es el preferido por EEUU pues le
permite inclinar fácilmente la balanza a su favor debido
al tamaño de su economía. Por el contrario,
en el marco del ALCA, Argentina y Brasil no aceptaron que
EEUU excluya a los productos agrícolas de la negociación.
Así, privilegiar la negociación comercial multilateral,
en el marco de la Organización Mundial de Comercio
(OMC) es una mejor alternativa.
El ALCA se constituye como una segunda mejor
opción, pues es una negociación entre 34 países
del hemisferio, que conforman un mercado superior a los US$
13 billones y 500 millones de habitantes. Algunos analistas
afirman que, si bien el ALCA no es lo óptimo, por lo
menos no sería un tropiezo en el camino del comercio,
sino más bien un “building block”. Pero
ir avanzando de a pasitos conlleva algunas desventajas. Según
el economista liberal Jadish Bhagwati, los acuerdos regionales
y bilaterales de libre comercio van formando una especie de
“plato de spaguetti”, con tantos mecanismos, cláusulas
y salvaguardas que no se sabe ni dónde comienza ni
dónde termina.
Desde un punto de vista pragmático,
se trata de una negociación entre dos países
desiguales. El PBI de EEUU es US$ 11 billones, o sea 200 veces
superior al peruano. Este hecho inclina la balanza de poder
hacia un solo lado. Sin embargo, esta asimetría puede
generar una ventaja importante para los exportadores peruanos,
pues el tamaño del mercado norteamericano genera nuevas
posibilidades de negocio.
Por eso, es importante la actitud y el enfoque
de los negociadores. Si se cree que el crecimiento y el desarrollo
sostenible se pueden lograr únicamente con el crecimiento
de las exportaciones, entonces vamos mal. Tiene que haber
un adecuado equilibrio entre la conquista de los mercados
externos y el desarrollo del mercado interno. No olvidemos
que ningún país desarrollado ha llegado a ese
estado únicamente con el crecimiento de las exportaciones.
Desde los inicios del capitalismo industrial, la ampliación
del mercado interno fue la clave para lanzarse a la conquista
de los mercados externos. Así fue en Inglaterra, Francia,
Alemania, Japón y EEUU.
Recientemente, los países del sudeste
asiático siguieron la misma política. Al principio,
protegieron sus mercados internos y, luego, los pactos entre
el Estado y los grandes grupos empresariales (que de Soto
llamaría “mercantilistas”) aumentaron las
exportaciones industriales. El Banco Mundial, en su “mea
culpa” por no haber entendido este “milagro”,
dijo que éste se hizo teniendo equivocados los “precios
correctos” que manda la teoría (tasas de interés
subsidiadas, moneda nacional devaluada, incentivos arancelarios,
préstamos dirigidos, entre otros). Lo mismo sucede,
y más, con la economía china, estrella actual
del crecimiento mundial.
EEUU tiene como objetivo la eliminación
de la franja de precios del Perú y de los países
andinos que corrige la distorsión causada por los subsidios
que otorgan a sus productos agrícolas (superiores a
los US$ 180,000 millones). En el TLC con Chile, el país
del sur se ha comprometido a eliminar su franja de precios
en 12 años, sin que EEUU se comprometa a eliminar sus
apoyos internos en ese plazo (EEUU dice que “tratará”
de hacerlo en la OMC).
Si eso sucede en Perú, el 66% de los
pobres de la Sierra se verá sometido a la competencia
de productos subsidiados. En México, los pobres pudieron
emigrar a EEUU. Pero ese tema no se negocia en el TLC. Tampoco
se negocia, como sí se hizo en la Unión Europea,
un programa de ayuda para las regiones más atrasadas
como Portugal, España y Grecia, que permitió
el despegue de estas economías.
El TLC no trata únicamente sobre comercio,
sino de temas que, en muchos casos, nada tienen que ver con
éste: propiedad intelectual, inversiones, compras gubernamentales,
medio ambiente, leyes laborales y mecanismos de solución
de controversias. Estos nuevos temas se han puesto recién
en la mesa de negociación debido a las exigencias de
los países industrializados. Aun no gozan de consenso
en la OMC ni en el ALCA por parte de los países en
desarrollo, motivo por el cual las negociaciones están
entrampadas. Sin embargo, sí están en la agenda
del TLC en las condiciones asimétricas ya señaladas.
Finalmente, debemos tener en cuenta que la
Comisión Multisectorial que va a fijar la posición
negociadora peruana está formada por ocho personas,
todas del Poder Ejecutivo. La preside el MINCETUR, y la integran
el MEF, Relaciones Exteriores, Agricultura, PRODUCE, Energía
y Minas, el Vice Ministro de Comercio Exterior y el Embajador
del Perú en Washington. Lo singular es que seis de
éstas también forman parte del Comité
Técnico Negociador. Esto puede atraer fuertes críticas
al igual que sucedió en Colombia, pues no está
bien que los mismos ministerios y personas sean juez y parte.
La autoevaluación nunca ha sido buena consejera. La
salida podría ser incluir al Congreso, para que todos
los partidos se sientan representados en la posición
que finalmente adopte la Comisión Multisectorial. Si
esto no se hace, entonces la tendencia a politizar la negociación
crecerá a medida que avanza el calendario electoral
hacia el 2006.
Recordemos que la negociación trae
oportunidades, a la vez que desafíos. En última
instancia, ningún TLC es capaz de sustituir a las políticas
de los Estados que permitan lograr empleos, disminuir la pobreza
y reducir las desigualdades. Eso no se logra solo con el aumento
de las exportaciones. Por eso, no hay que sobrevender el TLC.

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