Estamos
involucrados en un proceso de negociación cuyo más
aparente objetivo de corto plazo es facilitar el acceso al
mercado de consumo más grande del mundo para un importante
conjunto de productos peruanos. Ello, se espera, creará
condiciones para que inversionistas extranjeros y nacionales
localicen sus empresas en el Perú para aprovechar la
apertura del mercado. Sin embargo, si examinamos el tema con
más profundidad vemos que el suscribir un TLC con Estados
Unidos tiene aristas mucho más complejas.
En primer lugar, simplemente examinando los
acuerdos de libre comercio firmados por México y Canadá,
Chile, y los países centroamericanos, queda claro que
el Perú tendría que aceptar un conjunto adicionales
de reglas de comportamiento económico y financiero
que le reduce grados de libertad. Estas normas, junto con
las que están definidas por el sistema económico
internacional que van desde las obligaciones relacionadas
con ser miembros del FMI, Banco Mundial, Organización
Mundial del Comercio, Organización Internacional del
Trabajo, Acuerdo de Basilea, por solo nombrar unos de muchos
más, crean un marco de restricción para la acción
del gobierno peruano. Salirse de este marco tiene costos,
algunos elevados –como demostró el incumplimiento
de los pagos de la deuda en la década del 80-, y otros
no tan altos.
Hay quienes sostienen que un acuerdo como
el TLC con EEUU solo nos pone en igualdad de condiciones con
los otros países firmantes de este tipo de acuerdo,
y que no hacerlo implica de por si un costo de oportunidad
por el desvío de las inversiones a dichos países.
Otros sostienen que suscribir el TLC favorece la estabilidad
económica del país al imponer ciertos comportamientos
que limitan la discrecionalidad de los gobernantes de turno.
En un país que tiene tantas debilidades institucionalidades
como el Perú ello es visto como un aspecto positivo,
más que una restricción a los grados de libertad
de acción interna. Sobre este tema el debate es y será
arduo, largo, y sin acuerdo entre posiciones discordantes.
En segundo tema es la capacidad del país
de aprovechar lo que la apertura del mercado ofrece. Lo que
un TLC otorga es una oportunidad, no una realidad. El Perú,
a través de los años ha suscito muchos acuerdos
cuyo objetivo era la apertura de mercados, pero las pocas
evaluaciones que existen parecen respaldar la visión
de que no hacemos buen uso de la ventaja obtenida por los
negociadores. Para exportar se tiene que tener no solo una
clara visión exportadora, sino una decidida política
de aumentar la productividad y por ende la competitividad.
Ello significa crear un entorno favorable en áreas
tan importantes como la infraestructura física nacional
–que en algunas regiones es altamente deficiente- y
en los niveles de capacidad de los trabajadores, en buena
cuenta a través de la educación general y la
capacitación dirigida. Se debe facilitar también
el acceso a sistemas ágiles de colocación de
fondos de riesgo en el mercado de capitales y a los servicios
básicos a costos competitivos. También se debe
fomentar la investigación y el desarrollo de nuevos
productos y técnicas de producción, los sistemas
internacionalmente aceptables de control de calidad y el cumplimiento
de normas de gestión ambiental y laboral, solo para
citar algunos de los aspectos más relevantes. Es decir,
se tiene que construir una política general de Estado
dirigida a crear las condiciones para una mayor competitividad
empresarial, considerando que los indicadores internacionales
señalan grandes deficiencias para el caso peruano.
Finalmente, toda negociación entre
dos partes traerá costos para cada una de ellas. Es
indudable que cualquiera sea la forma que tome el TLC, habrá
repercusiones desfavorables para ciertos sectores o empresas
peruanas. En este caso, es necesario desarrollar políticas
de mitigación de los efectos negativos y de apoyo a
las empresas que se enfrenten con la necesidad de salir del
mercado. En esta área hay que contemplar el tema de
reasignación de los trabajadores, especialmente mediante
programas de capacitación en función de las
demandas laborales existentes.
Negociar un TLC es complejo y arduo, pero
mucho más difícil es crear las condiciones para
que las ganancias en beneficios sean mayores que los costos
reales que se producen. De nada sirve hacer un balance ex-ante
indicando que hay un resultado favorable, si después
se pagan los costos sin lograr los resultados esperados.

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