Una
inversión minera de 1,4 miles de millones dólares
estaría paralizada por el conflicto empresa-comunidad,
según el Ministerio de Energía y Minas (MEM).
Para las organizaciones críticas de la minería,
el conflicto se traduce en pérdida de oportunidades
económicas para las comunidades. Sin duda, las situaciones
actuales de conflicto desbordan la capacidad operativa y resolutiva
del MEM.
Por ello surgen las siguientes preguntas:
¿Cuáles son las recomendaciones estratégicas
y de acción para los principales problemas sociales
identificados por los actores del sector minero?, ¿Cómo
fortalecer el papel rector, promotor y fiscalizador del Estado?,
¿Cómo interactuar con los actores sociales involucrados
en la actividad minera?
Para intentar responderlas, con el auspicio
del CIES y el Banco Mundial se realizó estudios de
caso en 8 minas, con 19 centros poblados o comunidades, en
los departamentos de Ancash y Cajamarca. Los estudios cubrieron
todas las etapas del proceso minero, desde la exploración
hasta el cierre, y todas las escalas, desde la gran minería
hasta la pequeña. El análisis se llevó
a cabo de manera participativa con las poblaciones entrevistadas.
Si bien está emergiendo una corriente de opinión
popular en contra de la minería, la población
entrevistada mostró una actitud positiva. Esta actitud
se manifestó en una capacidad de análisis objetivo,
agudo y propositivo sobre las acciones que el Estado y ellos
mismos deberían adoptar para cambiar la situación
actual de una de pérdidas y conflictos en otra de oportunidades
y diálogo.
La conclusión central es que el MEM
debe redefinir su responsabilidad hacia los intereses públicos
locales, ampliando su esfera de atribuciones y sus funciones
de fiscalización hacia enfoques preventivos y de promoción
de las relaciones entre los interesados. Ello requiere articular
la necesaria predisposición o voluntad política
al cambio, identificando los resultados específicos
que se busca lograr en el sector.
Los problemas sociales que se generan en este
entorno desbordan ampliamente las capacidades del MEM, de
modo que sin convocar alianzas y voluntades con un enfoque
plural parece imposible lograr la gestión adecuada
de los recursos. No sólo es necesario descentralizar
funciones y establecer alianzas. También se requieren
mecanismos que le permitan al MEM mostrar su presencia e interés
en las localidades afectadas, demostrando que el gobierno
es un actor comprometido, conocedor de e interesado en cada
situación particular. Hoy en día, esta presencia
es mínima y las poblaciones lo interpretan como un
sesgo empresarial de los intereses del Estado.
Para tener acceso y presencia estratégica
en el nivel de la localidad en momentos clave del ciclo minero
(consulta previa, definición de los alcances del Estudio
de impacto ambiental - EIA, seguimiento del EIA, monitoreo
participativo, etc.), el MEM debe generar insumos de información
sobre la condición social de las localidades, que debería
estar disponible también para las empresas. Asimismo,
establecer e integrar instrumentos formales e informales de
fiscalización participativa con las comunidades locales,
así como contar con los recursos humanos especializados
y materiales que le permitan tomar parte activa en los mencionados
procesos.
De este modo, el MEM debe concentrar esfuerzos
en establecer mecanismos sólidos y legítimos
de seguimiento y evaluación de indicadores sociales,
hasta hoy inexistentes. Asimismo debe proveer liderazgo en
la concertación de resultados esperados con instancias
regionales, municipales, empresas y actores locales. Para
ello, se requiere de sistemas institucionalizados de aprendizaje.
Esto es muy importante sobre todo si se considera que los
proyectos mineros grandes son sistemas complejos de múltiples
actores, en donde las intervenciones actuales y futuras se
realizan “con los ojos vendados”, pues no existen
ni tiene sentido proponer soluciones empaquetadas. Todo esto
implica una estrategia de acción inversa a la de “apagar
incendios” que parece haber predominado en el sector
en general.

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