| El
gobierno espera firmar el tema agrario del TLC con EE.UU.
a fines de noviembre. Este anuncio es particularmente preocupante
para el sector agrario en la medida que no se han logrado
avances mínimos en los temas centrales de la negociación,
a saber, qué pasará con la franja de precios
y en qué términos y plazos se realizará
la desgravación de productos sensibles como arroz,
maíz, algodón, trigo, cebada, lácteos
y oleaginosas, que involucran a no menos de un millón
de productores agropecuarios a nivel nacional. Igualmente
es incierto que EE.UU. acepte mantener, desde el inicio del
TLC, las ventajas de arancel cero que da el ATPDEA para productos
como el espárrago, cítricos y hortalizas.
En este contexto, los efectos de eliminar
la protección arancelaria a nuestros productos agrarios
por efectos del TLC pueden ser importantes, tanto económica
como socialmente. Lamentablemente, hasta la fecha el gobierno
no ha realizado un estudio específico para estimar
cuantitativamente estos efectos, pese a que desde el inicio
de la negociación se sabía de la importancia
de este tema. Más preocupante aún, el gobierno
viene anunciando un paquete de compensación agraria
orientado a los productores de maíz, trigo y algodón,
el cual no tiene sustento en cifras concretas, desconociéndose
qué se pretende compensar y de qué manera.
Pero el tema de la supuesta compensación
agraria por efectos del TLC muestra también una serie
de debilidades en todo el esquema de negociación que
ha elegido el gobierno. En primer lugar, el discurso de compensar
perdedores no parece ser el mensaje más apropiado ni
para el frente interno ni externo. A nivel interno, la idea
de compensar a los productores agrarios tiene baja credibilidad
en vista de los problemas que ya tiene el gobierno para otorgar
subsidios directos, por ejemplo, a los productores de algodón
Tangüis, donde cada año hay movilizaciones por
la falta de pago oportuno o para renegociar los montos del
subsidio ya establecido. En el frente externo, “compensación
agraria” suena a que ya se tiró la toalla sobre
la idea de proteger a la agricultura nacional frente a los
enormes subsidios agrícolas norteamericanos, tema que
debería ser crucial en la estrategia peruana de negociación.
Más importante, el discurso de la compensación
agraria ha desplazado de la discusión a un tema más
importante como es la relación entre el TLC y la estrategia
de desarrollo agrario, dándose por sentado que toda
liberalización comercial es garantía de modernización
agraria. Sin embargo, este argumento de “primero liberaliza
y luego viene la modernización” ya fue usado
y puesto en práctica en los últimos quince años
en nuestro país sin mayor éxito. Hay que recordar
que una buena parte de la agricultura peruana fue liberalizada
de manera radical durante la década de los noventa
con una fuerte caída de aranceles, y los autores de
esta política señalaron que esta era la única
manera de modernizar la agricultura peruana. Es obvio que
esto no fue suficiente para generar ninguna modernización.
En gran medida, el discurso pro-TLC más radical se
parece bastante a la estrategia liberalizadora de los noventas,
y no queda claro que sus patrocinadores hayan aprendido mucho
de sus limitaciones.
Un ejemplo concreto de este enfoque fallido
de la liberalización como estímulo para la modernización
ya viene ocurriendo con el sector algodón-textil durante
los últimos tres años de vigencia del ATPDEA.
Según la promesa del gobierno, el ATPDEA iba a significar
que en el Perú pasemos de 60 a 200 mil hectáreas
de algodón debido al boom exportador textil. Lo cierto
es que la producción algodonera nacional sigue estancada
en sus 80 mil hectáreas de baja productividad y los
industriales peruanos prefieren importar cada vez más
algodón subsidiado de los EEUU para re-exportar prendas
a este mismo país, sin que se haya generado mayor articulación
entre nuestra agricultura e industria. Esta falta de integración
agricultura-industria y falta de eslabonamientos, es lo que
hace que ATPDEA y TLC por sí solos no nos ayuden a
resolver nuestros problemas fundamentales de desarrollo.
No podemos desligar la posible firma de un
TLC con EEUU de una discusión mucho más amplia
sobre cual es la estrategia de desarrollo para el agro nacional
que pretende nuestra clase política. Más que
firmar un TLC “sí o sí” bajo fuerte
presión política, parece más sensato
generar las condiciones que hagan que la firma de un TLC sea
una manera de impulsar el desarrollo agrario. Por ahora estas
condiciones no parecen estar dadas —el actual gobierno
no ha hecho mayores esfuerzos por lograrlo – y no deberíamos
seguir poniendo la carreta “liberalizadora” delante
de los bueyes del desarrollo, como lo hicimos en los noventas.
En un futuro, los TLC y otras estrategias comerciales deben
ser diseñadas como parte integral de una estrategia
de modernización agraria de amplia base social y territorial,
buscando fuertes eslabonamientos internos entre los sectores
domésticos y los más dinámicos de la
economía exportadora.

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