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proyecto de ley de desafiliación de las AFP ha llevado
el tema de las pensiones a la campaña electoral. Pero
la discusión está mal enfocada cuando el tema
se reduce a una pequeña parte del problema de pensiones:
la de permitir o no el tránsito de un sistema a otro.
Los sistemas de pensiones en el Perú requieren una
reforma integral.
El principal defecto de la forma cómo
están establecidos los sistemas provisionales en el
Perú es que 3 de cada 4 peruanos mayores de 65 años
no tienen pensión de ningún tipo. Este es el
grupo que debería ser prioritario en cualquier política
pública previsional. Lo que es peor, la proporción
de trabajadores activos que no contribuye a un sistema pensionario
es aún mayor, alcanzando hoy a 5 de cada 6 peruanos,
por lo que bajo el sistema actual la proporción de
ancianos sin pensión ira aumentando en el tiempo. La
reforma que creó el sistema privado de pensiones y
las AFP, junto a la flexibilización laboral que favoreció
contratos de trabajo sin derechos, fracasó rotundamente
en cuanto a asegurar económicamente la vejez de los
peruanos.
El segundo problema es que el esquema de dos
sistemas paralelos (privado - AFP y público - ONP)
es un mal sistema. Su coexistencia en competencia desequilibra
necesariamente al sistema público y genera los problemas
que hoy se evidencian con las presiones por la desafiliación:
quienes no han logrado que las AFP les paguen una buena pensión,
quieren recibir algo mejor pasándole parte de la factura
al tesoro público (¿y porqué junto a
la desafiliación, las AFP no devuelven también
sus comisiones?).
En efecto, se dice que el Sistema Nacional
de Pensiones creado por la ley 19990, que administra la ONP,
está quebrado. Pero su desequilibrio financiero se
debe precisamente a la instalación de las AFP. El sistema
de pensiones de la 19990 se basa en que los trabajadores activos
damos una parte de nuestro sueldo para mantener a los jubilados,
con la promesa de que cuando nosotros seamos jubilados, los
futuros trabajadores nos mantendrán de la misma manera.
A esto se le llama solidaridad entre generaciones: los jóvenes
sostienen a los ancianos. Al instalarse el sistema privado
de AFP, una buena parte de los trabajadores activos dejó
de financiar a los jubilados y pasó a depositar sus
cotizaciones en una cuenta para que las AFP las inviertan.
Fue como quitarle dos o tres patas a una mesa: no hay forma
que el Sistema Nacional de Pensiones (19990) esté en
equilibrio, salvo poniéndole otras patas de reemplazo,
que es lo que hace el estado con el presupuesto que transfiere
a la ONP. Solo que como el MEF en los últimos quince
años ha sido siempre reacio a gastar más dinero
(cobrando más impuestos a quienes más tienen),
las patas que pone son chiquitas y por eso las pensiones son
una ridiculez.
El sistema de pensiones requiere una reforma
integral. Los fondos públicos deben dirigirse prioritariamente
a crear una pensión asistencial para los ancianos pobres,
que es perfectamente financiable. Se financiaría a
través de un sistema de pensiones a pobres rurales
que otorgue una pensión mínima de 200 soles
mensuales costaría en el Perú 70 millones de
soles mensuales, un 0,3% del PBI, que se puede comparar con
la meta del Acuerdo Nacional de elevar la recaudación
tributaria en 5% del PBI. Las contribuciones de los trabajadores
activos deben dividirse en dos partes: una destinada a un
sistema público que garantice pensiones básicas
a todos, otra destinada a las AFP bien reguladas que inviertan
en el país y generen una pensión adicional para
quienes realizan mayores aportes. Un esquema de dos sistemas,
público y privado, que en vez de competir absurdamente
sean complementarios, es la mejor alternativa. Ojalá
más temprano que tarde quienes gobiernan el país
se decidan a una reforma integral del sistema provisional,
antes que a parchecitos que no resuelven el problema.

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