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candidatos presidenciales más populares han prometido,
de uno u otro modo, revolucionar la educación peruana.
Han ofrecido financiarla con el 6% del PBI; de la misma forma
que Toledo prometió, pero no cumplió.
Alan García ha hablado de un shock
pedagógico, de aumentar las clases en una hora diaria,
de capacitación laboral y regionalización educativa.
Para Lourdes Flores la revolución se lograría
dotando de laptops a los estudiantes, renovando el currículo
escolar, fortaleciendo la administración escolar y
usando mediciones de los desempeños escolares. Según
Valentín Paniagua, se lograría firmando multipartidariamente
un “Pacto por la Educación” para el largo
plazo, que implementaría el Proyecto Educativo Nacional
propuesto por el Consejo Nacional de Educación, priorizando
la educación rural. Ollanta Humala ha hablado de una
educación orientada hacia la producción, una
carrera docente meritocrática y la generación
de recursos adicionales para la educación a partir
de impuestos a las sobreganancias mineras.
Sin duda, el propósito revolucionario
es loable pero lamentablemente se queda en enunciados. Una
revolución no se puede hacer sin revolucionarios y
sin planteamientos revolucionarios. Lo que escuchamos es más
de lo mismo. Sin embargo quedan sin responder preguntas importantes.
¿Cómo lograr que la educación peruana
que invierte 250 dólares al año por alumno y
cuenta con maestros mal preparados, compita exitosamente con
la europea ó asiática que invierte 5,000 dólares
al año y cuenta con docentes postgraduados?
Nuestros candidatos siguen dando vuelta en torno a los lugares
comunes que se encuentran en cualquier discurso electoral
latinoamericano sobre políticas educativas, sin tocar
carne. Siguen planteando que haremos una gran revolución
educativa si aumentamos el financiamiento, mejoramos los salarios
magisteriales de acuerdo a méritos; si alfabetizamos
a los más de dos millones de analfabetos y orientamos
la educación hacia la capacitación laboral.
Eso no lo han logrado los chilenos, argentinos, brasileros
ni mexicanos, nuestros compañeros de tragedia educativa
según PISA, aún teniendo más recursos.
En suma, ninguna de las promesas de revolución educativa
está sustentada en propuestas que se confronten de
verdad con las estructuras vigentes, los paradigmas convencionales
y los grupos de interés existentes (como los grupos
magisteriales o los grupos de propietarios de instituciones
educativas) Las propuestas tampoco muestran cómo se
pueden dar verdaderos saltos en la calidad y equidad educativa
en el corto plazo.
Sin duda es más cómodo no tocar
temas sensibles como podrían serlo por ejemplo, hablar
de una revolución desde la organización de los
padres de familia, desde el uso de la tecnología, o
desde un cambio en la gestión educativa. Este cambio
en temas como el de la autonomía podría ir desde
el enfoque liberal que permitiría a cada colegio tener
una gestión cercana a la privada, -administrando libremente
los recursos materiales y a los docentes en función
a su desempeño-, hasta el enfoque estatista, que diluiría
la educación privada dentro de la pública, desapareciendo
sus particularidades y prerrogativas. Sin embargo, nada de
eso se toca. Nadie quiere arriesgarse.

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