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Keynes observara el panorama de los programas actuales diría,
como lo proclamó hace exactamente 70 años, que
“los hombres prácticos, que se creen exentos
por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente
esclavos de algún economista difunto. Los maniáticos
de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí
inspirados en algún mal escritor académico de
algunos años atrás”. Porque, en efecto,
la principal característica de los programas y promesas
de los tres contendientes para llegar a Palacio consiste en
su ‘aggiornamiento’ marginal de recetas anticuadas,
sea del pasado reciente o de otras más lejanas.
El caso más sencillo de entender es
el de Lourdes Flores. Ella, más que su partido, ha
descubierto recientemente que hay muchos pobres en el Perú,
que existe una inmensa e injusta exclusión social e,
incluso, que ‘habría que cambiar el modelo económico
porque no chorrea’. En cambio, en la práctica,
según su plan de gobierno y el equipo que la acompaña
fiel y desinteresadamente, continuará aplicando las
políticas ortodoxas para asegurar la estabilidad macroeconómica
y atraer la inversión extranjera, como debe ser de
parte de quienes se consideran estadistas serios y respetuosos
de las reglas de juego que nos impone la globalización.
Sin embargo, ante las potenciales movilizaciones sociales
que arremeterían contra el continuismo del ‘modelo’
se necesita un eficaz adormecedor social. Y es ahí
donde radica lo novedoso de su programa, en el que figura
en primera plana el grueso maquillaje –más que
una buena cirugía plástica o un intenso programa
de gimnasia- de políticas sociales con el que está
enmascarando su mensaje. Teóricamente se considera
así que ello podría calmar políticamente
los ánimos para asegurar la gobernabilidad.
Bastante más complejo es el caso del
APRA, cuyo programa también será relativamente
ortodoxo en tanto necesita reivindicarse con los futuros libros
de Historia del Perú. La novedad radica en la aplicación
de políticas sectoriales (con énfasis en el
agro y las PYMES), indispensables para diversificar la economía,
asegurar la inclusión social y mejorar la distribución
del ingreso. Al estar ubicado en el ‘centro’ y
poseer un aparato sociopolítico y bases bien organizadas
a diversos niveles (Congreso, gobiernos regionales, juventudes),
estará aparentemente en condiciones de calmar casi
todo tipo de movilizaciones sociales y, sobre todo, de negociar
los aspectos más ortodoxos de su programa con UN y
los más heterodoxos con el PNP.
Ambos tienen la gran ventaja que respetarán
la institucionalidad democrática, lo que no necesariamente
será el caso de nuestro tercer gran candidato, cuyo
‘nacionalismo’ lo podrá llevar por la vía
fascista, como por la de ser cooptado por el gran capital
transnacional, muy al estilo de Lucio Gutiérrez. Su
plan de gobierno es -como los otros dos- impecable, coherente
y dirigido a satisfacer las necesidades del pueblo. En este
caso también el papel aguanta todo, pero la falta de
una mayoría congresal y de bases sociales organizadas
que lo sustenten (aparte de los militares y el fujimorismo)
impedirá la aplicación exitosa de su programa
de apariencia socialista.
Ante tales perspectivas tan negativas, como
en el Perú todo es posible, afortunadamente no hay
porque perder necesariamente el optimismo.

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